La sábana pegada al cuerpo, la humedad del ambiente o el zumbido rotatorio de un mosquito, o las tres cosas juntas me despertaron en la madrugada, justo en el vértigo de una fuga frenética por las calles ciegas de Copacabana en medio de un tiroteo cruzado entre narcos y polis que me sorprendió buscando una antigua galeteria que solía frecuentar en los viajes a Río. Del galeto al tormento, del picor al ensueño y ahora estoy boca arriba repasando las ráfagas del noticiero con el chisporroteo de la metralla sin atinar más que a rascarme la palma de la mano que parece incendiarse igual que el antebrazo opuesto. Me doy vuelta y el resplandor de un relámpago enciende el techo de luciérnagas que semejan más fogonazos cruzados, latentes en el desvelo como la comezón en la piel.
Voy al baño y la mano es una mancha roja. A la altura del codo el otro brazo estalla con múltiples ronchas dispuestas a fundirse en una nueva hoguera. Me aplico una pomada y vuelvo al lecho y al repaso de los incendios que se esparcen incólumes por la dispersa geografía del mundo. Maldito informativo. Me está picando Afganistán ahora por la entrepierna izquierda. Hay una escuela en llamas y criaturas revueltas en la arena incendiada por un misil. Un piloto se escuda en el sofá del siquiatra reivindicando su coartada mezcla de errores informáticos y fatiga de combate. Se está prendiendo fuego el otro codo. La picazón se extiende y bulle como un hongo de volcanes dormidos. Hago un giro a la derecha en la cama intentando apagarla y aparece Somalía. Los piratas asuelan. En el Cuerno de África se despeña otra nación ardida. Ya no pienso en dormir sino en el pre anuncio de la madrugada que me parece abrevar en los reflejos de la persiana.
Mañana con borrasca. En la arena cerrazón y en la cabeza telarañas del antialérgico. Desemboco a mi pesar en los corticoides y gano algo de paz hasta la noche. Hace una hora que intento adormecer
mi humor superficial sin atisbo de alivio. En el pecho, cabalgando furioso un bando cada omóplato, blanden sus arrebatos palestinos e israelíes; contraataco con más pomada. De rebote por el empeine izquierdo amenaza extenderse un foco incipiente de escozor que inconscientemente rebato con la planta del otro pie. ¿Será el pobre Líbano que aún sin restañar de sus viejas heridas acoge en su regazo flor de venganzas nuevas? Es lento el transcurrir por la playa de Insomnia. La noche no se rinde. Trincheras, barricadas, me imagino la ronda de vigilia de un combatiente ignoto perdido en la misión suicida de un objetivo que ni siquiera conoce. Y sigo su rutina espiando mis úlceras latentes que tampoco descansan, como sus enemigos. Rueda que te rueda, la cama es una noria.
Tercer día, descubro con sorpresa un rastro de poliéster y me juego a esa via. Lo elimino con saña y paso el día augurando una noche de sueño tranquilo y placentero. Una quimera más. El monstruo se me abalanza inesperado en el correo inocente de un amigo que comparte urticarias metafísicas. Esta vez es Guinea Ecuatorial que me arde en la cintura. Flotando en su mar de petroleo, Obiang Nguema disfruta su democratura acuñando fortunas y amistades “conspicuas” por igual, mientras la muerte acecha en sus mazmorras. Ya no puedo dormir ni de costado. No me queda ni un flanco invulnerable. Las hordas del talibán derrotan con holgura a la prednisolona y el tableteo de los narcos ha vuelto ineficaces los tratamientos dérmicos. Me levanto en silencio envuelto en una sábana de lienzo y me siento al oscuro en el sillón del living a esperar el noticiero de las seis.